La tragedia como defensa de la vida

Presentación de Bernardita Bolumburu

Revista Dossier nº 37, Mayo 2018, ISSN: 0718-3011páginas 19-21

 

La obra narrativa, poética, dramática y crítica de Piedad Bonnett reluce no solo por su prolífica trayectoria literaria, merecedora, entre otras varias distinciones, del premio Casa de América de Madrid de Poesía Americana, sino también por la profundidad de su escritura, su rigurosidad literaria, y los encuentros que crea entre la ficción y lo experiencial.

Su obra poética es sin duda el reflejo de su compromiso con la literatura latinoamericana, y la representación de una voz femenina dentro de las letras actuales. Así también lo es su producción narrativa, a la cual llego a través del tema que nos convoca hoy: Literatura y duelo, a partir de su novela titulada «Lo que no tiene nombre» (2013).

Este tema nos conduce –o me conduce– directamente hacia la pregunta de cómo comenzar esta presentación, pues sabemos que entre la literatura y el duelo está la muerte. Debo decir que presentar esta cátedra y abordar la novela de Piedad Bonnett ha sido un desafío complejo e iluminador. El duelo es nuestra respuesta como seres humanos a un hecho tan cercano como ajeno, algo que  en vida solo conocemos a través del «otro». De ese otro que se va y se desvanece, literalmente se desvanece; e incluso se va desdibujando en la memoria. Vemos la muerte en ese otro cuerpo, inerte, y sabemos que llegaremos al mismo lugar. También sabemos que por alguna razón –sea cual sea, además de algo de azar– hoy seguimos vivos.

La obra de la escritora colombiana es una novela que integra vida y muerte, ficción y realidad en un mismo escenario; manteniendo lo estilístico pero rebasándolo por medio de la propia realidad, desafiando así los límites de la literatura.

Es una obra de gran envergadura, construida con veracidad y transparencia, dolor y oscuridad. Porque no es solo el tema de la muerte. Es la muerte de un hijo. No es solo la muerte de un hijo, es su muerte como decisión voluntaria: el suicidio. No es solo un suicidio por desesperanza, sino la respuesta a una lucha intensa contra una sofocante enfermedad que atormentó su mente durante años.

Arte, creatividad, sueños, imaginación, muerte, suicidio, locura y razón, convergen caótica y lúcidamente en un segundo: el segundo en el que ocurre la caída; ese descenso final.

Es lo que Piedad Bonnett se atreve a narrar: la pérdida de su hijo como la crónica de una tragedia que se encaminaba hacia la fatalidad. A través de una narración compuesta por saltos temporales entre pasado y presente, que van entregando al lector esos fragmentos de memoria y conciencia, se va dibujando la vida, agonía y muerte de Daniel, su protagonista.

A partir de lo anterior, me surgen varias preguntas: cómo leer una obra profunda y dolorosa consciente de que lo que se narra ocurrió de verdad. Cómo dialogar con el tema de la muerte desde la ignorancia de los vivos. Cómo narrar la muerte. Realidad y ficción se unen en la novela de manera desgarradora y emotiva; a la vez templada y discreta, logrando pasar de la identificación al distanciamiento. Ese proceso esla literatura.

Acostumbrada a sumergirme cada semestre en las profundidades del dolor y la conciencia humana de las tragedias griegas, me llené de asombro al encontrarme con esta novela: una tragedia contemporánea que relata desde la muerte hacia atrás, la crónica de un destino funesto.

Esa curiosidad por el sentido trágico de la vida, por la oscuridad y emoción que estos textos me provocan, no surgen de un sentimiento personal pesimista, sino al contrario: las tragedias, en un nivel ulterior –pienso– no son un homenaje a la muerte sino una defensa de la vida: es lo que nos confirma que la vida duele, se padece; pero también se resiste y se sobrevive.

La historia de Daniel, estudiante y profesor de arte, es una historia cristalina y opaca al mismo tiempo, que mantiene una permanente ambivalencia: la racionalidad de su madre, quien narra a posteriori los hechos que ocurrirán, y los abismos espejados, fractales, prismáticos, que perturban la mente de su hijo. Una persona con talento y perseverancia que intenta luchar contra «esas voces» por medio del arte, la creatividad y la firme creencia de que, a pesar del horror, el mundo también es belleza.

La memoria se impone en la novela a través de Daniel: una reconstrucción fragmentada de su vida y muerte. Un duelo que comienza como ese ritual que es parte del luto que toda madre lleva ante la muerte.

Ese cántico de lamento, desde donde surgieron las primeras composiciones líricas. Porque el duelo es, de hecho, algo muy femenino. Desde las más antiguas culturas, sabemos que cuando los hombres mueren en la guerra quienes quedan son las mujeres. Esas sobrevivientes que deben seguir viviendo con la tristeza de la pérdida. Ese duelo lo viven las madres, hijas y hermanas. Son ellas las encargadas de llevar a cabo los rituales fúnebres, realizar las procesiones y portar libaciones para encomendar a sus muertos a un mejor paso. Pienso en Las troyanas (415 a.C.) de Eurípides. Hécuba, reina y madre que debe enterrar a su marido, hijo, hija y nieto, para vivir luego una vida de esclava. «Pero soy yo, una anciana sin ciudad y sin hijos, quien entierro tu triste cadáver de joven, no tú a mí», se lamenta (Las troyanas, 57). El duelo de las troyanas es el canto elegíaco de las mujeres sobrevivientes ante la muerte que arrasó con la ciudad amurallada. Una procesión hacia un fin. Por ello el componente ritualístico, pues exige ese encuentro primigenio del ser humano con lo único que nos sobrepasa abismalmente.

La novela de Bonnett nos lleva como lectores a internarnos en esa hondura del relato, en tal medida que de alguna forma queremos correr también hacia el departamento de Daniel en Nueva York. Atajarlo, contenerlo, alcanzar a llegar y evitar ese salto al vacío. Como nos cuenta la autora sobre ese momento, «en la pelea que dio la luz con las sombras, estas ganaron. [...] Como siempre, todo en la vida es una cuestión de tiempos». Pero al igual que sus hermanas, también nosotros nos encontramos con la calle acordonada. «No vendrá Héctor con su ilustre lanza, no saldrá de bajo tierra para traerte la salvación, ni los parientes de tu padre [...]. Caerás contra tu cuello, en salto lamentable [...] y quebrarás tu respiración» (Las troyanas, 45) son las palabras de Andrómaca, lamentándose por el anuncio de muerte de su hijo Astianacte, único hombre sobreviviente; tan solo un niño, condenado a morir lanzado desde los muros de Troya. Si la voluntad del ser humano es tan poderosa como para desviar caminos e invertir acontecimientos, es infinitamente poco agente cuando esa parte del azar, destino o como lo llamemos, nos toca de pronto.

«La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba», nos relata Joan Didion al inicio de su obra El año del pensamiento mágico (2004), donde en una cruda crónica de duelo y supervivencia cuenta la muerte de su esposo, el escritor John Gregory Dunne, quien se desploma frente a ella al momento de sentarse a comer.

¿Cómo ese dolor se convierte en literatura? Nietzsche, en su romántica interpretación sobre el origen y la estructura de la tragedia, nos habla de que la esencia de esta, aquello que la hace subli- me y elevada, es su capacidad de convertir el horror en arte. «Esta es la esfera de la belleza, en la que los griegos veían sus imágenes reflejadas como en un espejo, los olímpicos. Sirviéndose de este espejismo de belleza, luchó la voluntad helénica contra el talento para el sufrimiento», plantea el autor (Nietzsche, 57). Solo elaborando una «sabiduría del sufrimiento» es que los griegos pudieron soportar y sobrellevar su existencia. Con la tragedia glorificaron el dolor transformándolo en un motivo, una herramienta para sobrellevar y anestesiar el propio dolor, a través de la identificación del espectador con el personaje.

La novela de Bonnett nos conduce por un camino de dolor y al mismo tiempo de reflexión crítica, es capaz de convertir el dolor en arte, en literatura; estableciendo a su vez muchas relaciones interesantes, como Nabokov, Handke, Auster, Vila Matas, Kertész, entre otros, así como lecturas científicas en torno a la investigación que emprende la autora cuando se entera de la enfermedad mental de su hijo. Entonces la realidad se fragmenta, se hace un prisma, susceptible de di- versas interpretaciones. Y luego hay cosas que simplemente no se quieren nombrar, porque el horror y el trauma nos llevan a desconfiar del lenguaje y de su capacidad de expresar y representar ese mundo interno. Y llegamos al Silencio. No en este caso. Aquí vemos un descenso al Hades como un viaje del silencio, pero también vemos que hay un retorno que nos devuelve diferentes, pasando por el inframundo de nuestra conciencia, para narrar la muerte desde la vida, constatando así el amor por esta última.

¿Qué es, finalmente, lo que no tiene nombre? Eso que no nos atrevemos a nombrar, que nos lleva a recurrir a interminables eufemismos para, en el fondo, distanciarnos de esa realidad; lo que no es otra cosa que negarla. ¿La muerte? ¿El suicidio? ¿La locura? ¿La esquizofrenia?

Carlos Janín comenta en su Diccionario del suicidio: “La muerte voluntaria obedece a las más variadas motivaciones, reviste las formas más peregrinas y recurre a los métodos más impensados. Es tan polimorfa e imaginativa que siempre dejará sin argumentos a quien quiera rebatirla o exaltarla, borrando todas las fronteras, sembrando la confusión e impidiendo todo maniqueísmo» ( Janín, 11).

A través de la literatura somos capaces de explorar lo más profundo del ser humano, de su conciencia y su sentido de vida. La literatura nos muestra ejemplos que nos recuerdan que la vida es su propia repre- sentación. Y la historia que aquí leemos es también un testimonio de ayuda en tanto es la manifestación de una Verdad. La gran entereza de la autora para asumir con aplomo el desafío de narrar la muerte, se revela sin duda en la calidad literaria de su obra. Es capaz de racionalizar, con una prosa llana y honesta, el dolor más grande de una madre. Resulta admirable la fortaleza de Pie- dad Bonnett para sobrellevar ese sufrimiento y ser capaz de contarlo con ritmo, cadencia, sobriedad, dolor, y luminosidad.

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